Valentina Carvallo: una triatleta de golpe

A ella nunca se le cruzó por la cabeza ser profesional. Egresada de educación física, con 23 años comenzó a trabajar en un colegio y, de improviso, se propuso objetivos en apariencia inalcanzables. Hoy entrena sin descanso para llegar a los Juegos de Tokio 2020.


La historia de Valentina Carvallo (32 años) causa extrañeza. Criada en Rancagua, practicó todos los deportes posibles cuando pequeña. Compitió en natación, hockey, básquetbol y atletismo. Guiada por ese amor se trasladó a Santiago para estudiar educación física. Hasta allí, había sólo uno que la cautivaba. “Cuando vine a estudiar, me encantaba el hockey, tanto así que en la universidad terminé haciendo clases. Me hubiese fascinado ser profesional. La verdad es que en Rancagua era la estrella, pero en Santiago era la más mala del equipo del Country Club. No era nadie. Y además que el hockey es un deporte de mucha técnica y hay que tener una relación especial con el palo. Yo no la tenía y si no lo desarrollas desde chica, es muy difícil adoptarlo después”, cuenta.

Tras titularse en la Universidad Andrés Bello, comenzó a sentir los primeros síntomas de una locura competitiva. “A los 23 años, comencé con el trekking. Estaba de moda subir los cerros. Me inscribí en un par de competencias y caché que me iba bien. Tenía muy buenos resultados. Rápidamente me fui metiendo en este mundo. Incluso, desde Argentina me invitó a ser parte de un equipo profesional. Siempre faltaban mujeres en estos circuitos de aventura, entonces ahí estaba. También pedaleaba harto en mountainbike”, dice Carvallo, sentada a sólo un par de metros de Lucas, su hijo de seis meses.

Fue por aquel tiempo que daría un paso más y se inscribiría en una prueba de running. Las sensaciones fueron fatales. “Me quería morir. No podía entender cómo a la gente le gustaba esto. Era totalmente para locos. Yo iba en el kilómetro dos y a mi hermana, que hizo de aguatera, le pregunté qué dónde estaba el auto para irnos. Hice 56 minutos en 10 kilómetros”, relata entre risas. Pero en esa misma carrera que la dejó extenuada, algo le hizo sentido. Hubo un momento donde comenzó una motivación interna. “Comenzó a gustarme cruzar la meta. Ese sólo hecho me hacía sentido”, asegura la ex profesora del Colegio Monte Tabor. Así, su vida tendría un giro total.

Marzo de 2010. Brasil. Carvallo se alistaba para disputar su primer triatlón 70.3, torneo clasificatorio para la Copa del Mundo de Estados Unidos. Faltando sólo dos meses, todo un cambio de entrenamiento vino de golpe. “Pasé del mountainbike a la ruta. No tenía absolutamente idea de lo que era pedalear en ruta. Salí del cerro donde corría, a la calle. Fueron cambios que los hice de un minuto para otro. También estaba el tema de la natación. Lo que más había nadado era con amigas en un verano, nada más”, comenta. Con miedo, pero con una adrenalina y entusiasmo mayores, lograría lo impensado. “Mi idea era terminar la carrera, pero siempre está el bichito de ver los resultados y saber cómo uno se desempeña. Increíblemente salí segunda y clasifiqué para disputar el torneo en Estados Unidos, donde quedé como la mejor sudamericana”, cuenta con una sonrisa que refleja su incredulidad aún presente por ese logro.

De regreso, seguiría ejerciendo la docencia y aparecía Ironman de Pucón 2011. Su vida daba un vuelco y optaría por ser una deportista profesional, al ciento por ciento. Sus padres se opusieron. “Ellos se querían morir. Estaba comenzando una vida laboral y me bajó esta locura de querer dejar todo por el triatlón. Encima, ese mismo año venían los Panamericanos de Guadalajara y en broma pensaba: ‘Me encantaría ir’. Le dije a mi entrenador de la UC que quería ver si alcanzaba a llegar. Ya todas las competidoras estaban aseguradas y había que luchar por los últimos cupos. Y lo conseguí. Fue todo muy rápida, ha sido una locura”.

Con una perseverancia admirable, ponía la mira en Río 2016, pero al poco tiempo se lesionaba y el sueño de ir a unos Juegos Olímpicos se truncaba. “Fue el momento más difícil de mi vida. Necesitaba completar 14 carreras en el ciclo olímpico y me faltaron dos. No pude terminarlas, fue una fascistis plantar y quizás hasta una fractura por estrés, de saber que tenía los Juegos a la mano. Llegó a tal punto, que no podía pisar, por lo que tuve que retirarme de las últimas carreras. Estaba desconsolada”, rememora.

El retiro tomaba fuerza en su cabeza. “Llegué a Santiago, me operé y no quería saber nada más. Colgué la bicicleta. Quería dar un vuelco, volver a mis inicios y disfrutar del deporte, pero no ser profesional”.

Durante dos meses no hizo ningún ejercicio, pero al cabo de ese tiempo nuevamente se despertaría con otro objetivo: “!Sabís qué, me la voy a jugar por el otro ciclo. ¡Esta wea no se puede quedar así!, me dije”.

Una madre triatleta

“Gente cercana me decía: ‘¿Cómo es posible que estés entrenando en la mañana el mismo día del parto?’”, relata gesticulando. Hace seis meses llegó Lucas, su motivación y la razón de reencantarse. “Fue un embarazo sumamente tranquilo. Seguí entrenando con menor intensidad, pero lo único que me hacía sentir bien era hacer deporte y a Lucas le hizo bien, porque ha salido todo perfecto”, cuenta orgullosa.

Se levanta a las cinco de la mañana para nadar dos horas en la UC y luego continúa con pedaleo y trote. Otra meta aparece: Tokio 2020. “Para allá apunto, no sé lo que pasará después, pero el objetivo es estar. Espero estar al cien en mayo”.

El fin de semana pasado disputó el Panamericano 2017 en Ecuador. Fue 17ª. “Muy contenta con el resultado. Falta mucho por mejorar, pero es una buena apuesta para todo lo que se viene el próximo año”, resume.

El siguiente desafío, mañana, también será en Ecuador. Ahí estará, con la misma persistencia y con la imagen de Lucas, la otra pasión que se adueñó de su vida, dando el impulso para cruzar nuevas metas.

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