Una historia más que repetida

Lenguaje ganador y una negación al pasar de los años tienen a Garrido, una vez más, como referente de la prueba.


Entre el grupo vestido de negro y apretado es difícil distinguir figuras o rostros. Salvo el dorsal, en el que se aprecia un claro 1, no habría forma concreta de distinguir a Gonzalo Garrido del resto de compañeros. El capitán del Trek-Chilenazo, motor anímico e inspirador de innumerables selecciones nacionales, aparece como una curiosidad entre los seis miembros del equipo. Curiosidad, porque si no fuese por su folio, el penúltimo campeón de la Vuelta de Chile, en 2011, se confundiría entre uno más de sus jóvenes camaradas.

Parece irreal que aquel calvo, de verborrea característica y poco usual en los ciclistas, sea uno de los líderes de los resultados que ha obtenido el ciclismo chileno en los últimos años. No es el entrenador, sino uno más compitiendo por quedarse con la tricota amarilla de líder de la jornada.

Ayer se disputó el segundo día de competencia, dividido en dos subetapas. Una de 98 kilómetros, prácticamente plana, que largó en la Plaza de Armas de Talca retrasada en una hora, y terminó en la Plaza de Curicó, y de la que el incombustible Garrido llegó colgado junto al gran pelotón, dejando casi intacta su diferencia en el crono; la otra, una contrarreloj por equipos en que se subió el Cerro Condell, y donde él, junto al selecto grupo que el mismo escogió, terminaron celebrando.

Es emblemático el penquista. Dueño de amigos y enemigos en igual cantidad, es quizás el único ciclista chileno capaz de hacerse cargo en armar un equipo estelar. Por algo le puso como eslogan a su team “Lo mejor de lo nuestro”. Garrido ayer se acomodó en el puesto más alto de la tabla general gracias a la labor de su equipo. ¿Algo impensado a sus 44 años? Se lo toma con humor: “Le doy esperanza a los viejos, jajaja”.

Esposo y mentor de Paola Muñoz, la mejor chilena sobre las dos ruedas, Gonzalo se sube a la bicicleta y no deja de hacer su personaje, el de ganador. Lo demuestra incluso más tarde, cuando tras subir y bajar a toda velocidad el monte curicano, obligue al animador de la premiación a decir recitar el slogan de su equipo, demostrando que no es algo aventurado. “No por nada llevo el 1”, dice Garrido, medio en serio, medio en broma.

Pero hay algo detrás, porque pese al nivel que muestra el pedalero desde hace dos décadas, su fin es dejar a un heredero. Se trata de Patricio Almonacid, el último campeón de la Vuelta de Chile, en 2012, que fue buscado de un exilio deportivo para que retornara en gloria y majestad. Las fichas de Garrido están puestas en él, su discípulo más fiel. “Él es el que tiene que ganar, y mañana vamos a hacer pelear para que pueda meterse arriba, confiando en que llegue con un buen tiempo a la etapa de Farellones, donde nuestros enemigos más directos, los colombianos, muy probablemente van a dominar”.

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