Reinaldo, el hombre

Rueda, en 1988, cuando dirigió a la selección del Valle del Cauca.

Un viaje al lado B del nuevo entrenador de la Selección, quien dejó inconcluso el sueño de ser futbolista profesional para estudiar Educación Física y Deporte, antes de dedicarse de lleno a la carrera de técnico. Así comenzó a forjarse la historia de Rei, como lo apodan, al borde de la cancha, donde sólo le permite a su madre discutirle decisiones.


Fútbol y familia. Familia y fútbol. En dos sencillas, pero profundas palabras podría describirse la vida de Reinaldo Rueda Rivera (Cali, 1957), el flamante seleccionador de Chile. Desde fuera puede hojearse su laureado currículo, que incluye el título de la Copa Libertadores con Atlético Nacional (2016) y las clasificaciones a los Mundiales con Honduras (2010) y Ecuador (2014); sin embargo, sorprende que quienes lo conocen de cerca elogian aún más su personalidad.

Nació en Barrio Obrero, un lugar con casi 100 años de existencia y que fue construido con amplias casas de adobe y puertas de madera. Desde su origen se caracterizó por ser el sitio donde la clase obrera del Valle del Cauca se reunía para bailar, beber aguardiente y, cómo no, jugar fútbol. Ahí se crió “Rei”, como le conocen sus allegados. Quizá por esa herencia de su lugar natal, empezó a gestarse la pasión del DT colombiano por el fútbol.

Su otro amor, la familia, también comenzó a formarse en casa. Su padre, Blas Rueda, y su madre, Orfa Rivera, le inculcaron desde pequeño los valores que hoy ostenta. Justamente, por la profesión de su progenitora, maestra de escuela, los primeros pasos del entrenador se dieron en Yumbo, aún dentro del departamento del Valle del Cauca, donde jugó en el equipo del barrio y en la selección del colegio. En esa pequeña región del occidente colombiano, Deportivo Cali y América son el principal tema de conversación, y así a Rueda le fue fácil alimentar su gusto por el balón.

Luego, fue el trabajo de su padre, que era transportador, lo que obligó a la familia (que incluye también a Rosa y Blas Antonio, sus hermanos menores) mudarse a Barrancabermeja (Santander), donde el pequeño Reinaldo escuchó las primeras notas de vallenato, ritmo típico colombiano, que le ganó espacio a la salsa, más popular en su tierra natal.

Avanzada su infancia, Rueda regresó a Yumbo y allí estudió en el Colegio Mayor hasta finalizar el bachillerato. Vestido de corto, se desempeñó como defensa central y representó a la selección del departamento en un campeonato nacional, en 1974. Pero en su momento consideró que el fútbol profesional estaba lejos de su alcance y, como también es un hombre de letras, aparcó su estadía en las canchas para estudiar Educación Física y Deporte en la Universidad del Valle, un oficio que le mantendría cerca de los estadios. Posteriormente, trabajó en la escuela de fútbol Carlos Sarmiento Lora y se trasladó a Alemania para especializarse en el German Sport University, en Colonia.

1970. En el once del colegio en Yumbo. Rueda es el tercero de pie, de izquierda a derecha.

Rueda, un tipo tranquilo, poco dado a la fiesta que caracteriza su terruño, nunca ha ocultado su admiración por la cultura alemana, por la que siente mucha afinidad. Cuando ganó la Copa Libertadores con Nacional, hace año y medio, se limitó a beber media copa de champaña, agradeció a Dios por la conquista y se fue a descansar. La fe de Rueda también ocupa un lugar fundamental en su vida. Hoy en día, sus oraciones van dirigidas a la salud de su madre, quien padece una delicada enfermedad y con quien pasó la época decembrina en Yumbo. Doña Orfa es la única persona que puede discutirle a “Rei” las alineaciones. Sabe de fútbol y, como buena madre, nunca ha dudado en aconsejar a su hijo cuando lo cree conveniente.

Con sus hijas, 1993, en la casa familiar de Yumbo.

El nuevo técnico de La Roja tiene tres hijos: Alejandra (27 años), Carolina (23) -quienes viven en Canadá- y Juan David (19), que hace poco recibió una beca para jugar fútbol en Estados Unidos. La mayor es periodista y en más de una ocasión ha acompañado a su padre en partidos importantes. Ellos y su esposa, Genith Ruano, son sus más fieles hinchas, pero, aunque entienden el oficio y la pasión del líder de la familia, no dejan de reconocer que les gustaría pasar más tiempo con él. Ellos han sabido soportar que Reinaldo viva 24 horas al día por y para el fútbol; sin embargo, siempre están dispuestos para ser su soporte cuando este lo ha necesitado, como cuando fracasó en el intento de clasificar a Colombia al Mundial de Alemania 2006, el momento más duro de su carrera, solo superado en la parte personal por la muerte de su padre en 2013.

Entre su esposa y una hija, en 2007, recibe una condecoración en Cali.

Es un admirador de Sir Alex Ferguson, por todo lo que logró el escocés con Manchester United, y de Vicente Del Bosque por sus éxitos y su humildad. En Colombia, desde sus comienzos en el banquillo de Cortuluá, es reconocida su capacidad para detectar el talento joven y darle oportunidades, como demostró al salir campeón en el Torneo Esperanzas de Toulon con la selección cafetera (2000) y al promover de las inferiores a jugadores que posteriormente han triunfado en el profesional. Aún se recuerda cuando decidió desplazar a un entonces novel Mario Alberto Yepes de la posición de delantero a defensa central, y este acabó siendo uno de los mejores zagueros en la historia de su país.

Allá donde esté, Rueda lee mucho sobre fútbol, psicología en el deporte y la parte biomédica. Y, sin llegar a la obsesión de Marcelo Bielsa, le gusta pasar muchas horas frente al televisor viendo partidos en directo y videos de sus equipos y de los rivales. Asiste habitualmente a los congresos de fútbol de la FIFA y permanentemente comparte ideas con sus colegas para mantenerse actualizado. Además de la lectura, en sus ratos libres escucha el vallenato de El binomio de oro, Alfredo Gutiérrez y Los corraleros de Majagual. Incluso, algunas veces se arriesga e intenta tocar un acordeón que compró en Alemania, aunque él mismo reconoce que se le da mejor el banquillo que las notas musicales.

A Chile llega un hombre humilde y serio, que recibe tantos elogios por sus conquistas en la cancha como por su talante fuera de ella, y al que los títulos no se le han subido a la cabeza. La falsedad y la mentira son de las pocas cosas que le hacen perder la calma y, por el contrario, los niños, su autenticidad e ingenuidad, es lo que más le conmueve. Un tipo sensible, que varias veces ha llegado a las lágrimas, como tras el fatídico accidente de Chapecoense, al que debía enfrentar con Atlético Nacional en la final de la Copa Sudamericana, que no llegó a disputarse por la tragedia del equipo brasileño; o por la sensible pérdida de su padre, que le deprimió profundamente y le hizo perder casi 10 kilos. Desde 2016 ha firmado la mejor etapa de su carrera por los éxitos con Nacional, que le valieron la designación como el mejor técnico de América; y el año que acaba de terminar empezó con una operación de cadera, que se practicó para mejorar su calidad de vida, y acabó con el subcampeonato de la Copa Sudamericana con Flamengo. La Roja es un proyecto que le ilusiona y que le motivó a finalizar su vínculo con el equipo carioca. Tiene trabajo por delante, pero su fe inquebrantable, el soporte de los suyos y los conocimientos adquiridos en su dilatada carrera son su principal aval.

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