El Deportivo

Peineta versus Garcés

En 1991 Jorge Garcés tomó la decisión de volver. Viajó, en principio, con el único propósito de ver la Copa América que se disputaba en el país. Bélgica, su cuna desde que colgó los botines, esperaba su regreso con los brazos abiertos: meses antes, había logrado el ascenso del Arquennes comandando una brillante campaña. Pero, de golpe, comenzó a extrañar. A sus mujeres: su madre y hermanas. A Chile, también. Se entusiasmó con la idea de proyectar una prometedora carrera en su tierra natal. El presidente del cuadro belga no entendía su decisión. “Me preguntó si estaba loco, trastornado”.

Es jueves, mediodía. En unas cuantas horas, Garcés debe presentarse en el programa En El Nombre del Fútbol para analizar la suerte de su querido Wanderers en el compromiso de vuelta por la promoción. Lamenta no poder asistir al estadio, mientras espera un cappuccino vainilla. Se sorprende al conocer el motivo de la entrevista: 25 años desde su redebut en tierras chilenas.

—Si le nombro a Fournier; López, Toro, Bahamondes, Olivares; Muena, José Muñoz…
—¡Extraordinario! —interrumpe Garcés.

—Valdir, Jaime Muñoz; Garcés y Céspedes.
—Extraordinario —insiste, entusiasmado—. Osorno fue mi primer paso profesional en Chile como técnico. Un gran paso además, porque fuimos campeones a falta de cuatro o cinco fechas. Formamos un grupo maravilloso. De los picados, como me gustaba decir.

El retorno no fue fácil. En octubre de 1991, Garcés estaba listo para dirigir por primera vez en su país. Pero se le cerraron varias puertas. “Porque era chileno, indudablemente”, asegura. “Si mi pasaporte hubiese sido de otro color al tuyo, al mío, diferente hubiese sido la historia hasta ahora”. Un año más tarde, sin embargo, llegó la chance que tanto ansiaba. Al frente de Provincial Osorno, el talquino logró una campaña histórica que lo instaló en el mercado. A los “lecheros” los apodaban “los europeos de segunda” y a Garcés, incluso, se lo comparó con el juego de Menotti, aunque a él no le gustaba.

Le siguieron pasos por Everton y Cobreloa, donde llegó a una final de Copa Chile que le negó la Universidad Católica de Pellegrini. Luego se puso el overol y se transformó en el bombero que salvó del descenso a Temuco, Puerto Montt e Iquique. Cuenta Garcés que, en ese momento, no llegó a clubes más grandes por su personalidad. “Mi personaje superó al técnico en algún momento. Yo fui rechazado por algunos presidentes de clubes por lo mediático”.


Santiago Wanderers

Se emociona cuando habla del cuadro caturro. Fue su mejor campaña en el fútbol, dice. Asumió las riendas del elenco de la quinta región en 1999, en Primera B. Encontró un equipo en una situación complicada. Como David. Pero lo convirtió en Goliat: tras ascender en su primera temporada, logró la permanencia en el 2000 y, un año más tarde, fue campeón. La última de las tres estrellas que luce el escudo wanderino.

—¿Cómo recuerda la campaña?
—Maravillosa. Campeonato largo…, un Colo Colo, una Católica y, sobre todo, una U extraordinaria. La U tenía casi a la selección chilena, reforzada con Maestri. Bernabé Vargas, los Castañeda, Fuentes, Musrri. Todos seleccionados. Pero ese Wanderers era una máquina. Y todos desconocidos. Los únicos conocidos eran Villarroel y Riveros, que yo lo llevé a Cobreloa. Carlos Toro venía de San Luis, de tercera división. Barra venía de Puerto Montt. Robles no jugaba. Zúñiga había jugado 20 minutos en Colo Colo. Sanhueza en Fernández Vial. A Ormeño no lo querían mucho. El “Negro” Valencia venía de segunda de Colombia. Fernández venía de Osorno, había descendido. Romai, un argentino que no conocía nadie. Y ése era el equipo. Yo utilicé creo que 14 o 15 jugadores.

“Peineta” hace memoria. Se esfuerza por encontrar el momento exacto en que supo que su Wanderers podía ser campeón. Recuerda la primera estocada: 5 a 0 sobre O’Higgins, en Rancagua. Y el empate en dos tantos frente a la UC en San Carlos. Asegura, también, que el árbitro lo privó de la victoria en ese compromiso. Llega a la cuarta fecha, con increíble precisión en los datos, y resignifica la remontada ante Huachipato, en Las Higueras, como el momento clave. “Ganamos 4 a 3 en el último minuto. Quedamos punteros y, de ahí, no nos bajamos de la pelea”.

—¿Tú te imaginas si yo hubiese sido argentino? ¿O uruguayo? Con todas esas campañas, incluso contando la del 2008 con Concepción, cuando fui elegido Mejor Entrenador y nos tuvimos que ir porque no nos pagaban… Ha sido injusto el fútbol. Lo dije en su momento: yo creo haberle entregado más al fútbol chileno que lo que el fútbol chileno me entregó.


Garcés al frente del combinado nacional.

La Roja

La gran campaña que realizaba en Wanderers lo convirtió en la vedette del mercado. Tras la salida de Nelson Acosta, fue el primer apuntado por la ANFP. Mario Mosquera, entonces presidente del máximo organismo, llamó a Reinaldo Sánchez y lo pidió. “En las entrevistas de la época, el señor Mosquera decía ‘Garcés es el mejor técnico que tenemos’”, recuerda. Pero el mandamás del cuadro caturro se negó: intuía que, bajo la tutela de “Peineta”, la escuadra de Valparaíso podía dar la vuelta. El elegido, entonces, fue Pedro García. La llegada de Garcés a La Roja debió esperar un año más. Y, pese al orgullo que significó, el recuerdo es amargo.

—¿Por qué salió tan rápido de la selección?
—Me perjudicó hablar con Boca Juniors, cuando me llama Macri. Estuve en su casa, dos horas 45 minutos, y le gustó mucho cuando le dije que tenía una joya, una mina en bruto, que le iba a significar muchísimo algún día. “¿Quién?”, me preguntó. Carlos Tévez. Yo lo había visto jugar dos veces 15 minutos por Boca, recién empezando. Un pelusón que entraba y era una cosa… Al final eligieron al “Maestro”, que desgraciadamente no le fue bien, pero cuando quedé fuera en beneficio de un técnico como Tabárez…, bueno, ya está. No era Juan Pérez, era Tabárez.

—¿Y por qué lo perjudicó?
—Yo llego el 23 de diciembre, paso la navidad en Talca, vuelvo a Santiago, voy a Pintito Durán y nos fuimos el 26 a jugar a Catalunya. Perdimos injustamente en un partidazo. Martel se perdió un gol solo y mi preparador físico me dice: “si estaba en Santa Laura, es gol”. Y cuando estoy allá, en Barcelona, me llama Cooperativa y me dicen: “Garcés, ¿usted sabe que el presidente de Wanderers dice que usted está despedido? Por ir a conversar con Boca Juniors sin su autorización”. Les falté el respeto, me dicen. No te voy a reproducir lo que respondí. No podría. Me avergüenza. Llegué acá y estaba despedido. Pero no me llamó nadie.


Arbitrajes

Un tema recurrente en la carrera de Jorge Garcés fue su polémica relación con los jueces. “En el fútbol siempre me perjudicaron los arbitrajes”, asegura. “Cuando estaba en O’Higgins fue un robo escandaloso, el peor arbitraje en la historia del fútbol chileno”. “Peineta” apunta al choque de vuelta que sostuvo el cuadro rancagüino contra Audax Italiano en las semifinales del Torneo de Clausura 2006. Sobre el final del cotejo, Marco Olea anotó el 5 a 2 que le daba el paso a la final a O’Higgins. Pero Rubén Selman, equivocadamente, anuló el tanto. Desató la furia de Garcés y su tan recordado exabrupto. El talquino lo identifica como un momento clave en su carrera. Hubo un antes y un después tras el yerro del colegiado. “El Nico Peric al final del partido me dice ‘profe, te robaron’”.

—¿Por qué asegura que el arbitraje lo perjudicó? ¿Cree que hay un tema personal?
—Por mi persona. Generaré anticuerpos, no sé. Me han perjudicado. No todos, pero la mayoría. Con arbitrajes justos mi carrera hubiese sido distinta. Jamás en la vida le pediría a un árbitro que cobre algo a favor mío. Yo soy honrado. Ni en broma me metan con esas cosas… Al final, en el recuento, cuando pasó lo de O’Higgins con Selman, todos pensábamos que era algo contra Abumohor. Castro mandó una carta pidiendo disculpas al directorio. Me llamó a mí también. Pero las disculpas no sirven. Ese año estábamos para ser campeones. En la etapa regular sacamos mejor porcentaje que lo que sacó el O’Higgins de Berizzo. El “Bichi” decía que hubiese sido más difícil contra nosotros una final.


“El fútbol es una fiesta y se asiste bien presentado”. La elegancia: uno de sus mandamientos.

Peineta

Basta con ingresar a su sitio personal. Rápidamente llama la atención un apartado que destaca como una de sus cualidades la elegancia. “El fútbol es una fiesta y se asiste bien presentado”, reza un recuadro. En la imagen, por supuesto, Jorge Garcés. Como siempre: de traje y corbata. Al igual que en esa lluviosa jornada, en el entonces Parque Schott, cuando ingresó al campo de juego con un paraguas de marca Pierre Cardin. No pasó mucho para que el diario La Cuarta le asignara el apodo que lo acompaña hasta la actualidad: nacía “Peineta”. Garcés dice que no le molesta, pero asegura que lo perjudicó.

—Me dijo que el personaje superó al entrenador. ¿Por qué?
—Porque en Chile somos mediocres. Exigí que mis jugadores se vistieran bien, de traje y corbata, y sin costo para los clubes: yo no recuerdo que un equipo haya pagado por un traje que yo le puse a los jugadores. Yo me los conseguía con un letrero en los estadios, un canje. Hasta con la selección lo hice así. Una vez un personaje me dijo: “con corbata no se ganan los partidos ni los campeonatos”. La re cagó, porque ese año fui campeón con Wanderers.

—¿Por qué mediocres?
—Estamos acostumbrados a imitar cualquier cosa del extranjero. Las cosas buenas nos cuestan. Yo llegué como me fui. Estudié, afortunadamente, en dos buenos colegios, y desde chiquitito nos vestían de corbatita. Y mi papá era un viejo bien elegante. Y molestó siempre ese tema. En Europa todos se visten de esa manera y no lo hemos podido imitar, porque somos una raza mediocre, resentida, envidiosa. Y ése es un problema muy grande que tenemos en este país, que podría ser maravilloso. Te ven el auto en el que andas y eres traficante.

—¿Lo perjudicó haber participado en un reality?
—¿Y si estoy sin trabajo? A mí nadie me ha llamado para ofrecerme algo, para decirme “Jorge, hagamos un negocio, ¿necesitas algo?”. Nadie. Yo soy uno de los tipos más solos en esta actividad. Yo me hice solo. Me fui solo. Como me dijo Mario Soto y también Elías, porque jugamos siempre los lunes unas pichangas, “qué bueno que estás para la pelota. Si hubieses estado en esos años con un entorno como nosotros, te hubiéramos apoyado y hubiese sido otra cosa”. Yo fui solo, sin representante.

—¿Se arrepiente de algo en su carrera?
—No. No, para nada. He entregado siempre lo mejor, me debo haber equivocado como todo el mundo muchas veces. Pero no, porque soy una persona honesta, transparente. Y los errores en la vida te enseñan. Sí hay muchas cosas que quizás no volvería a realizar.

—¿Como qué?
—Otro reality, por ejemplo. Lo hice porque económicamente fue muy bueno y porque el objetivo no era el reality, sino subir el Aconcagua. Ésa era mi meta: llegar al monte más grande de América y mirar hacia abajo. Después, había una serie de niñas y de guatones que eran ridículos. Yo me sentí orgulloso porque las primeras cuatro semanas fui elegido el mejor participante.

—¿Cambió el fútbol?
—Hoy el hecho de que televisen tantos partidos te da más información. Fenomenal. Pero basarme en editar un partido del equipo rival…, prefiero ir al estadio y sentarme detrás del arco. No al medio, a la mitad: así lo veo atacar y defender un tiempo cada uno. Eso hice el 2001. Terminaba de jugar a las 2 de la tarde cuando jugaba al mediodía, a las 3 y media estaba en El Monumental y a las 6 y media en Santa Laura. Y a la semana siguiente en La Cisterna, San Felipe, Calera, qué sé yo. Eso era. Analizaba el partido con mis ayudantes. Ése era mi video. Mi analista era yo mismo. Hoy en día, grabar entrenamientos con jugadores adultos… ¿Le tienes que andar grabando y diciendo que se equivocó? Cuando el primero que se da cuenta del error es él. En el momento yo paro la jugada y lo repito. No tengo para qué llevarle el vídeo después.

—¿Le ha costado adaptarse?
—Hoy hay dirigentes que dicen “el técnico que tengo llega a las 8 de la mañana”. Perdona la expresión: ¿a qué vay a ir a hueviar a las 8 de la mañana si el entrenamiento es a las 10? Sabes a qué llega: a preparar lo que va a hacer ese día. Yo lo tengo preparado cada 15 días. A las 2, 3 de la mañana, despierto a mis ayudantes y hablamos. Trabajo todo el día. Todos trabajamos. ¿Dónde está la capacidad del técnico?: seleccionar los jugadores, conformar el equipo para el domingo, entregarle información a tu equipo del rival y, el día del partido, la lectura del partido y los cambios. Ahí está gran parte de la capacidad.

—¿Se ilusiona con volver a dirigir? Hace un tiempo deslizó que podría retirarse.
—Mi entorno me pidió que no. Hemos conversado con mis ayudantes, gente del fútbol, colegas incluso. Yo creo que mi próximo destino va a ser fuera del país.

—A 25 de su llegada al país, ¿cuál es el balance de su carrera?
—Reconociendo que debo haber cometido muchos errores, porque lo he conversado y me lo ha recalcado tanta gente, ha habido ambas cosas: buenas y malas. Tampoco puedo culpar mucho al fútbol, debo haber cometido errores. Vuelvo a reiterar que el personaje… si yo hubiese llegado sin corbata, a dirigir con buzo, si hubiese sido menos mediático, que no es mi culpa porque yo jamás he llamado a alguien para que me haga una nota. Eso creo que en el fondo perjudica en el país. Tú sabes cómo es el chaqueteo: cuando la persona va surgiendo es por algo, no por capacidad.

—¿El fútbol ha sido justo con usted?
—Esto de la justicia y la injusticia es lo que me ha reflejado la gente. En mi web me piden que vuelva. Cuando se va un técnico de O’Higgins aparece mi nombre rápidamente, pero Cristian Abumohor dos veces ha dicho que quiere un técnico más joven. En el norte hubo la posibilidad de ir a un equipo, pero el Presidente dijo que querían un técnico más jóven. Rueda tiene 60 años…

—Uno en la vida tiene lo que merece. Te reitero: yo sé que el reality generó anticuerpos en algunos, en otros no. Yo fui por dos objetivos: económicamente era bueno y yo estaba sin trabajo, y por mi meta de subir la montaña más alta de América y lo iba a intentar. Pero en este país es complicado. Maradona se ha mandado tantos condoros en su vida y aún lo aman en Argentina. Allá se respetan, ni hablar de que se quieren: cuando pierden, empatan. Y acá no: si Maradona hubiese sido chileno se tendría que haber exiliado en otro país, como Bernardo O’Higgins.