El Deportivo

Marlene, la atleta del siglo

La única deportista chilena en ganar una medalla en los Juegos Olímpicos es Marlene Ahrens, plata en el lanzamiento de la jabalina en Melbourne 1956, Australia, con 50,38 metros (unos 60 metros actuales: se calcula que con los implementos modernos y las últimas empuñaduras, el lanzamiento se perfeccionó en un 20 por ciento).

Nacida en Concepción hace 83 años, fue bautizada así por la actriz alemana Marlene Dietrich y se crió en Santa Fe, ramal a Santa Bárbara, Los Ángeles. Se salvó del terremoto de 1939, epicentro en Chillán, por hallarse en casa de su abuela en Santiago. Concepción se cayó entero y su cama fue encontrada bajo los escombros.

De niña corrió, saltó, montó a caballo, era gimnasta por excelencia, jugó hockey, nadó y practicó saltos ornamentales. Sus profesoras permitían que oyera las clases de pie, paseándose detrás de los pupitres, porque era muy inquieta. Le decían: “Potrillito, vaya a correr al patio cinco minutos”.

Marlene conquistó medallas de oro en los Sudamericanos de Santiago 1956, Montevideo 1958, Lima 1961 y Cali 1963, en los Panamericanos de Chicago 1959 y Sao Paulo 1963 y en el Iberoamericano de Madrid 1962. Su técnica era timing, sincronización, la velocidad del brazo y el golpe del torso. “En el instante del lanzamiento, mi cuerpo era un látigo”, dice.

Su estampa rubia de 1,75 metro y su encanto cautivaron a una generación de chilenos. A ello se sumaba su fortaleza sicológica para sobrepasar los escollos. En Melbourne, su compañera de habitación sufrió una crisis de pánico y no dejó de importunarla el día del lanzamiento. En Montevideo 1958 compitió recién operada de un riñón. En 1961 se recuperó increíblemente de una meningitis. En 1963, una principiante lanzó una jabalina en el Estadio Nacional que luego de rebotar se le clavó a Marlene detrás de la rodilla derecha. “Yo estaba con buzo y sentí como la sangre me corría por la pantorrilla. Cuando me atendieron en la Posta de Ñuñoa un médico les avisó a sus colegas: ‘¡Vengan a ver un milagro!’. La jabalina pasó entre dos tendones y no tocó el nervio ciático ni la arteria. La piel estaba abierta como una coliflor”. Previo al Sudamericano de Cali 1963, sufrió un desgarro en los gemelos en uno de los últimos entrenamientos en el Club Manquehue. En Colombia no podía practicar y la trataban con ultrasonido, además estaba engripada. Desde Santiago le avisaron que su padre se hallaba muy grave. “Vanamente traté de comunicarme a través de un radioaficionado. Me llegó la noticia de que mi padre había muerto. Decidí quedarme en Cali y ofrecerle mi homenaje lanzando. Gané”.

Antes de los Juegos Olímpicos de Tokio 1964 fue sancionada con un año de suspensión, debido a unas supuestas declaraciones. “Era mi mejor momento deportivo, lanzaba sobre 53 metros. ¡Pude haber sido campeona sudamericana durante 10 años!”.

Frente a la injusticia, abandonó el atletismo y se dedicó al tenis a los 32 años. “En dos temporadas llegué al sexto puesto en el escalafón. En 1967 gané en Viña del Mar en dobles y perdí la final de singles ante la campeona”.

Asistió a los Juegos Panamericanos de Mar del Plata 1995 en equitación. “Las pruebas ecuestres se realizaron en Buenos Aires y competí en adiestramiento”.

La primera vez que Marlene Ahrens apareció en los diarios publicaron mal su nombre, porque era muy tímida y hablaba entre dientes. “Me pusieron María Arenas”, recuerda.