Archivo de Chomsky

Un espacio para recordar a las grandes figuras del fútbol chileno que engalanaron las canchas de nuestro país.

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¡Manuel Plaza, medalla de plata!

Autor: Chomsky


A las siete de la mañana del 5 de agosto de 1928, el maratonista Manuel Plaza se sirvió una taza de jugo de carne y otra de té, luego se recostó. A las 10.00, tomó un buen caldo y reposó hasta las dos de la tarde, hora en que se trasladó en automóvil al estadio olímpico de Ámsterdam, Holanda.

El Comité Olímpico Holandés permitió transitar por la carretera al auto del jurado, donde iba el chileno Ricardo Müller por ser el único juez que hablaba español, y al autobús de la prensa. Carlos Fanta fue el solitario periodista chileno en los 24 asientos.

Negros nubarrones predecían una tormenta. A las 13.00, una fuerte lluvia empapó a los compatriotas que se habían repartido a lo largo de la carretera para indicar a Plaza la colocación que ocupaba y la distancia que lo separaba de los punteros. El atleta Potrerillo Vicente Salinas y Ramón Palma (administrador del Estadio Nacional) lo hacían en bicicletas, que consiguieron prestadas a cambio de estampillas chilenas, y acompañarían a Plaza cerca de 13 kilómetros por los desvíos.

Había 40 mil espectadores en las aposentadurías, 69 atletas en cuatro hileras, con un metro de distancia entre cada una de ellas. En el sorteo le correspondió a Plaza el número uno: partió por la primera pista y en la primera hilera. Su camiseta tenía el 686. Llevaba los nudillos envueltos en pañuelos y en la frente, otro pañuelo.

A las 15.13, el juez de partida dio la largada con un tiro de revólver. Un competidor estadounidense trató de inutilizar a Plaza y le propinó un puntapié en un tobillo.

El primer control, situado a 4,5 kilómetros del punto de partida, estaba en el camino al lado del río Amstel. Plaza venía en el 51° lugar, a 600 metros de los punteros: “Me duele mucho una rodilla”, se quejó. 15 días antes un médico le había diagnosticado principio de reumatismo por el frío y la humedad de Ámsterdam.

Con la carrera, Plaza entró en calor, el dolor desapareció y empezó a descontar terreno. Cuando faltaban 16 kilómetros para la meta, se ubicó noveno. Al quedar segundo, detrás de El Ouafi, argelino representante de Francia, los periodistas que iban en el autobús empezaron a solicitarle apresuradamente a Fanta los datos de Plaza, si era hijo de extranjeros. Cuando les dijo que era chileno neto, le expresaron: “Quiere decir, entonces, que es indio”.

Al ingresar al estadio olímpico, los atletas solo debían recorrer 200 metros, porque la meta fue establecida frente a la tribuna de la reina. El Ouafi conservó los 80 metros de ventaja y se desplomó al cruzar la meta. Entre la tribuna y la pista de atletismo estaba la de ciclismo, que era de cemento y tenía bastante inclinación. Los chilenos rodaron para abrazar a Plaza, que fue cubierto con una bandera tricolor y dio una vuelta a la cancha, en medio de una delirante ovación. Desde la puerta del camarín hasta la entrada del estadio había 400 metros. Plaza fue llevado en andas mientras sus compatriotas, emocionados hasta las lágrimas, cantaban la canción nacional y el himno de Yungay. El entusiasmo era tan grande que el desfile continuó alrededor de seis cuadras, fuera del estadio. De varias casas arrojaron flores al campeón.

Plaza se había embarcado en Valparaíso y su número de camarote fue 686. Practicado el sorteo en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, le correspondió el 686 y fue segundo en histórica proeza. De regreso, se vino en el mismo barco y otra vez le dieron el camarote 686. Plaza creyó que se trataba de un designio providencial y en Santiago comenzó a comprar números para la lotería terminados en 686, convencido de que el gordo no podía fallarle: estuvo un año gastando plata y no acertó una mísera terminación.

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