El Deportivo

Los olvidados

Ismenia Pauchard murió el 22 de mayo de 2004 en Caburgua. Un pelandrún malacatoso, enojado por el reclamo de la mujer por unos trabajos no ejecutados, le pegó con una cañería en la cabeza, matando así a la mejor basquetbolista de nuestra historia. Tenía 71 años. En su currículo sumaba dos títulos sudamericanos, dos medallas de bronce panamericanas, un séptimo lugar en el Mundial de 1964 y decenas de títulos nacionales. Cuando Chile jugaba contra Estados Unidos provocaba tanto respeto, que le hacían doble y triple marca, donde no faltaban los golpes en las costillas y arteros codazos en el rostro. La conocí en 1998, en el aniversario sesenta del Estadio Nacional. Muy alta, de mirada triste y dulces maneras, estaba muy agradecida de haber sido invitada al evento. En la breve conversación no se quejó de su mala suerte, ni del pago de Chile, ni de la falta de reconocimiento. Y era la mejor de la historia de nuestro básquetbol sin discusión. Su muerte apenas mereció un par de artículos en los medios.

Quince años antes había fallecido en Viña del Mar Jorge Robledo Oliver. La primera estrella no británica del fútbol inglés trabajaba como encargado de deportes del colegio Saint Peter’s. Había ganado dos FA CUP con el Newcastle y fue goleador de la Primera División de Inglaterra en la temporada 51-52 (32 goles). Su gol en la final de la FA Cup contra el Arsenal en 1952 fue dibujado por un niño de 11 años que vivía en Liverpool. Ese dibujo fue rescatado en 1974 por el mismo niño, conocido en el mundo entero como John Lennon, para la carátula de su disco Walls and Bridge. Robledo nunca lo supo. Sin hablar castellano se tomó un barco y jugó por Chile el Mundial de 1950. Fue transferido a Colo Colo en 1953 y revolucionó el fútbol chileno. Se hablaba de un “antes y después” de Robledo en el balompié nacional. Su sola presencia triplicó el número de socios y fue dos veces campeón con los albos. Se retiró en 1960 vistiendo la camiseta de O’Higgins. Como entonces no se ganaba ni el 10% de lo de ahora, siguió trabajando, primero como entrenador y luego como profesor de educación física. Jamás pidió una pensión, una placa, ni un reconocimiento especial. Su muerte en 1989 fue sorpresiva y tuvo escasa difusión. Ni siquiera las revistas especializadas de esa época, Deporte Total y Minuto 90, le dedicaron notas especiales. Sólo informaron.

¿Por qué saco del archivo estos dos nombres casi olvidados de nuestro deporte? Porque el martes pasado Jorge Sampaoli se quejó amargamente de no ser reconocido en Chile. Cito textual: “Sí me dolió que en el paso del tiempo no se recuerde todo lo que se hizo. Es valorado por todo el mundo y no tanto acá. Deberían sacarse el sombrero porque mucha gente trabajó para que el fútbol chileno sea respetado”.

¿En serio? ¿Qué pretende Sampaoli? ¿Qué nos arrodillemos ante su regia presencia? ¿Las llaves de la ciudad? ¿Una calle y una estatua en vida? No le basta con ser millonario, respetado como entrenador, que el siempre laxo SII le haya perdonado la evasión de impuestos, haberse ido sin respetar su propio contrato… No, quiere más, quiere todo; que nos “saquemos el sombrero” ante él, tal vez una bula de infalibilidad papal.

Sampaoli, cada mañana, al mirarte en el espejo, agradece al fútbol, a Chile y a la época en que naciste. Muchos antes que tú, más grandes que tú, mejores personas que tú, no tuvieron ni el 1% de tu suerte y jamás se quejaron de nada. Al contrario, agradecieron hasta el día de su muerte haber tenido el privilegio de jugar por Chile.