Las Gigantitas vuelven a casa

Las nuevas generaciones chilenas han perdido el miedo a ganar. Ayer pisaron suelo nacional las niñas de la selección Sub 14 tras su majestuoso oro en el Sudamericano de Colombia.


Vítores, aplausos y ceacheís se escucharon cuando comenzaron a aparecer las campeonas sudamericanas sub 14 de baloncesto por el aeropuerto de Santiago. Sus familiares y amigos, orgullosos, las esperaban con ramos de flores y los celulares listos. Las Gigantitas, luciendo la medalla dorada colgada al cuello y pasándose de mano en mano el trofeo, se emocionaron con el recibimiento.

Así, el grupo de 12 jugadoras retornó a Chile desde Colombia, donde ganó el viernes de forma invicta el torneo continental. Aplastó además en casi todos sus partidos, incluida la final contra Brasil. Lo que no dejó dudas sobre el gran nivel que mostraron las nacionales. 80 a 58 fue el categórico marcador sobre las verdeamarelas, siempre potencia mundial.

El DT de la selección, el costarricense Warren Espinoza, se resta un poco de los flashes. Lo asume como un triunfo de mucha gente y el protagonismo no se lo adjudica: “Muchas personas están detrás de estas niñas. Los entrenadores que las forman, el grupo de familias que las apoyan y una federación que nos dio todo para prepararnos al más alto nivel para alcanzar este logro”. El oriundo de San José no oculta que la victoria subcontinental es tan sólo el primer paso para conseguir la meta principal, decir presentes en el mundial sub17 de 2020, vía clasificación un año antes.

La actitud y buena relación entre las jugadoras del plantel es lo califican, más allá del nivel deportivo, como la gran ventaja. Domina una gran química en el camarín y todas se llevan muy bien. Incluso aquellas que se quedaron abajo del avión a Colombia (el proceso comenzó con 40 niñas) se mantuvieron mandando mensajes de apoyo durante toda la semana. “Más que amigas, somos hermanas. Muy unidas tanto dentro como fuera de la cancha. Gracias a eso ganamos, porque nos conectamos muy bien entre todas”’ comenta Fernanda Ovalle sosteniendo un trofeo más pequeño en sus brazos: el que ganó como mejor jugadora del certamen.

“Ha sido un año de mucho entrenamiento y de dejar otros intereses de lado por esto, así que contenta por este logro colectivo e individual”, añade Ovalle, fanática de Kevin Durant, mientras su madre le toma fotos y la filma con el celular. Fueron en total 12 padres y madres (de siete jugadoras) quienes acompañaron a sus hijas al país cafetero. Durante los partidos, compusieron la barra, con banderas y globos, que más ruido hacía.

El único partido que en el marcador se vio apretado, fue el de la fase de grupos contra las brasileñas. “Nuestra peor presentación”, dice Espinoza, a pesar de que Chile lo ganó por tres puntos. “Las chicas lo único que querían era repetir el partido contra Brasil para ganarlo contundentemente, como no lo pudimos hacer en el primer juego. Eso te refleja la sinergia y la capacidad que tienen. Es un grupo diferente, al que hay que darle proyección”, dice el técnico, que confiesa que en el partido final casi no dirigió, que las suyas jugaron de memoria. “Tienen muy claro que juegan por un país que las alienta”, afirma.

La mayoría da señales de querer desarrollarse en el extranjero, nunca dejando de lado la camiseta roja. Aparte de Ovalle, también la puntarenense Valentina Ojeda: “La gente siempre estuvo muy pendiente de nosotras. Significa mucho representar a Magallanes”. Bárbara Torres, también oriunda de la ciudad austral, anticipa el recibimiento que tendrán: “En Punta Arenas nos estarán esperando con el cariño típico de la gente de la region, nos homenajearán seguramente en el gimnasio de la ciudad cuando lleguemos y por qué no, con un asado de cordero”.

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