La final de los fantasmas

Ayer, en La Serena, no rodó la pelota. Vallenar no se presentó a la repetición del desenlace por el ascenso a Primera B ante Melipilla y la inaudita revancha ideada por la ANFP para arreglar el entuerto del árbitro Gamboa tuvo que suspenderse. Éste es el relato de una definición bochornosa y de la tanda de penales más larga de la historia.


Cuando José Cantillana se despertó de su sueño recurrente de los últimos días, se encontraba en una habitación del Hotel Diego de Almagro de La Serena. A su lado, en la pieza, estaba Christian Martínez, era 27 de diciembre y no cabía duda de que, al fin, había llegado el día. El lateral de Melipilla llevaba cuatro noches soñando con penales, concretamente con el cuarto lanzamiento de la tanda, el que era suyo. Cuatro días completos fantaseando con la superficie con la que iba a golpear el balón; con la dirección exacta que iba a darle a su disparo (un tiro cruzado, inalcanzable para el arquero, pero sobre todo cruzado); cuatro días y cuatro noches soñando con aquella definición suspendida en el tiempo durante más de una semana; con convertirse, quizás, en el héroe de la tanda de penales más larga de la historia.

“Había esos nervios y esa ansiedad que habíamos tenido para el otro partido, pero era una ansiedad controlada. Tratábamos de no dejarnos llevar por los comentarios que había en la prensa, porque era demasiada información. Desayunamos a las nueve, un poquito de café y huevos, luego estuvimos un rato en las piezas y salimos para el estadio. No fue una concentración normal, porque estaba la incertidumbre de no saber si Vallenar llegaba”, explica el defensor a La Tercera.

A las nueve de la mañana, a unos dos kilómetros del lugar en donde los futbolistas melipillanos se preparaban para la disputa de una definición insólita, la avenida Estadio presentaba un aspecto desértico. Las calles vacías, el ritmo aletargado de la ciudad y el cielo nublado de la Cuarta Región conferían a la escena un halo de irrealidad casi fantasmal. La atmósfera perfecta para un duelo tan extravagante.

Tobar, el juez FIFA designado para dirigir la contienda en detrimento de Gamboa, ese otro árbitro FIFA que muy pronto podría dejar de serlo, era el más madrugador de todos. Ligeramente rebasadas las 10.30 hacía su ingreso en La Portada Enrique Osses, el jefe de los réferis, y tras él los gerentes de competiciones de Primera B y Segunda, en representación de la ANFP. A las 10.50, al fin, llegaban los jugadores. Los de Melipilla, claro, pues desde Vallenar (el campeón durante tres días y tres noches, el monarca con trofeo pero sin ascenso) ya habían advertido por activa y por pasiva que no se presentarían, pero el simulacro de definición orquestado por la ANFP, al fin y al cabo, también consistía en eso, en esperarlos. Aún sabiendo que jamás llegarían. “Nosotros nos ceñimos a las normas y estamos aquí. No tuvimos vacaciones y nos preparamos para esto”, comentaba escuetamente a este diario, tras el arribo silencioso y concentrado de los protagonistas, Jorge Miranda, el ayudante técnico del conjunto metropolitano. A las 11 de la mañana, a falta de 60 minutos para el arranque de la definición fantasma, los futbolistas de Melipilla ingresaban a los camarines. Una hora los separaba tan sólo ya del triunfo por walkover.

“Era una situación única en la historia del fútbol, pero era todo tan anormal que teníamos que adecuarnos a eso”, desclasifica Cantillana. Sin presencia de hinchas en la tribuna y con más guardias de seguridad que futbolistas, miembros del staff técnico, dirigentes y cuerpo arbitral juntos, el breve reconocimiento de cancha efectuado por los jugadores al filo de las 11.30 fue la única estampa verdaderamente futbolística que dejó la triste mañana. El vuelo solitario de un dron sobre el césped de La Portada, como queriendo inmortalizar un espectáculo invisible, no hizo sino afianzar esa sensación de bochorno.

Un esperpento tal que aún sobrevolaba el aparato cuando los 10 futbolistas del cuadro melipillano habilitados para patear los presuntos penales (contaban con un expulsado que, teóricamente, no podía hacerlo) saltaron al césped vestidos de corto para celebrar simbólicamente su triunfo por incomparecencia de Vallenar. Eran las 12.03 y su triunfo, ciertamente, había sido sólo simbólico. “Se hizo un protocolo como el de todos los partidos, el cuarto árbitro se dirigió a los camarines, entregó la planilla de juego y se llenó. Pero en el camarín de Vallenar no había nadie, ni jugadores ni dirigentes. Es primera vez que sucede esto, es atípico todo, pero nosotros emitimos el informe y ahora las autoridades competentes son las que deciden los pasos a seguir. Lo único que puedo decir es que no hay ganador, sólo se suspende la tanda de penales”, terminaría explicando, minutos después y en una zona mixta mucho más concurrida que el propio terreno de juego, el juez de la definición Roberto Tobar, ataviado con un impoluto terno que probablemente no tuvo ni siquiera la necesidad de quitarse. Mientras el DT del equipo, Carlos Encinas, quien ayer celebraba precisamente su cumpleaños, se obstinaba por ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío: “Los jugadores salieron a la cancha a sacarse una foto. La adrenalina no puede generarse de forma espontánea. No hubo celebraciones ni gritos, porque además hay que tener un respeto por la gente de Vallenar. Nosotros deportivamente habíamos ganado esos penales. Esto sólo pone las cosas donde corresponde y no siempre las cosas en el fútbol se ponen donde corresponde”.

A las 13.30, exactamente una hora y media después del horario previsto para el inicio de una definición que no sólo no llegó a producirse sino que además no terminó por definir casi nada, el bus de los Potros abandonaba el estadio para completar el trayecto de 500 kilómetros de regreso a Melipilla. Con una postrera sentencia del futbolista Nicolás Rivera, a modo de conclusión y despedida, en conversación con este diario: “Esto no era algo informal para nosotros, eran los cinco penales más importantes de nuestras vidas. Y creo que van a ser recordados como los penales más largos del mundo”.

Pero si el escritor y periodista argentino Osvaldo Soriano (1943-1997), el autor del célebre relato El penal más largo del mundo, levantara hoy la cabeza, se preguntaría, lo mismo que el resto; si hubo en realidad algún ganador en la definición fantasma entre Vallenar y Melipilla librada en La Serena. En esa tanda que nunca empezó y que tal ver por eso todavía no termina. En ese desenlace que, como le ocurría seguramente a Cantillana en cada uno de sus sueños recurrentes, nunca llegaba a ser del todo cierto. Pero aunque cueste reconocerlo, la tanda de ayer en La Portada, en efecto la más larga del mundo, no fue ni siquiera de ficción, como las de los magistrales relatos de Soriano, sino directamente ficticia.

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