Festejos para sí mismos

Jugadores albos y sus mujeres, en la cena privada, festejando en Transición. Foto: Luis Sevilla

Colo Colo y su hinchada celebraron cada uno por su lado el Transición. Los unos de cena privada, los otros en Plaza Italia. En Europa o EEUU mandan las celebraciones compartidas y multitudinarias.


El día previo a la gran batalla, se desplazan en masa hacia el centro de entrenamiento o el lugar de concentración de su equipo para entregarle su último aliento. Organizan banderazos, arengazos y hasta hotelazos para hacerse sentir. Y para trasladar su apoyo incondicional a los jugadores. Pagan su pasaje en bus, su entrada al estadio de turno y a veces, sólo a veces, cuando el resultado acompaña, terminan festejando. Aunque les toque hacerlo solos.

Y si no que se lo pregunten a los hinchas de Colo Colo, que viajaron a Concepción para arropar a su equipo el pasado sábado en el encuentro decisivo por la corona del Transición; inundaron después de banderas albas la tradicional Plaza Italia de la capital para celebrar la conquista lograda; pero, a la hora de la verdad, se quedaron sin poder ver de cerca la copa. O la vieron por televisión.

Una liturgia, la del festejo de los planteles campeones en comunión con su hinchada que, como quedó demostrado el pasado fin de semana, parece haber pasado de moda en Chile. O simplemente haber sido suprimido por motivos de seguridad.

El resultado: dos festejos paralelos, desabridos y quizás irreconciliables para celebrar un mismo título. Por un lado, la popular, pública y masiva aglomeración de fanáticos acontecida el sábado en la Plaza Baquedano tras el pitazo final y sin la presencia de los jugadores. Y por el otro, la exclusiva, familiar y privada ceremonia de los futbolistas, el cuerpo técnico y sus familiares respectivos en el Hotel Hyatt de Santiago, el domingo, y sin la presencia de los hinchas.

“Los festejos en Chile se fueron haciendo cada vez más separados de los hinchas. Antes no se salía del estadio, pero la vuelta olímpica que se daba, que ahora casi no se hace o se hace en medio de un desorden tremendo, era todo un rito”, explica el periodista e historiador deportivo Chomsky.

Pero basta con echar un vistazo a las ceremonias de celebración deportiva en otros países para darse cuenta de la excepcionalidad que representa hoy el caso chileno, en donde los planteles campeones (especialmente los de la capital) no sólo no comparten el título con sus hinchas, sino que se lo quedan, literalmente, sólo para ellos. Ni exhiben el trofeo por las calles de la ciudad a bordo de un bus u otro medio de transporte, como ocurre en Europa y Norteamérica; ni realizan las visitas protocolares de rigor a los organismos públicos, bien sean estatales o municipales; ni participan en ofrendas a la virgen o el patrón de turno; ni se dejan ver, siquiera, en un escenario icónico del club o la ciudad en compañía de la preciada conquista. Es un trofeo para sí mismos. Algo impensable en las grandes ligas del Viejo Continente.

Vidal, en pleno festejo de una de las Bundesligas del Bayern en Marienplatz.

El 20 de mayo de este mismo año, por ejemplo, el Bayern de Arturo Vidal celebró su 27ª Bundesliga con un programa de festejos de más de siete horas de duración ideado para compartir la conquista con su hinchada. Desde la ceremonia de Apertura en el Allianz Arena hasta el tradicional cierre de jornada con los jugadores saludando a la multitud desde el balcón del Ayuntamiento de la plaza de Marienplatz, los fanáticos del conjunto bávaro pudieron disfrutar de sus ídolos.

El bus del Madrid, llegando a la Cibeles tras conquistar la liga, en mayo.

Una situación muy similar a la vivida en España tras conquistar el Real Madrid la Liga. Los blancos celebraron junto a los hinchas en La Cibeles, antes de cerrar la jornada con una fiesta pública, abierta a todo el madridismo, en el Santiago Bernabéu. Y al día siguiente hicieron el clásico recorrido por la ciudad con paradas en la alcaldía y la sede de la Comunidad.

Hinchas de Tigres, saludando al plantel campeón del fútbol mexicano.

Festejos multitudinarios de los que también fueron protagonistas este año los hinchas del Tigres mexicano (el equipo de Eduardo Vargas), el pasado 11 de diciembre en Monterrey; o los fanáticos de los New England Patriots del fútbol americano, por citar otro deporte masivo, el 7 de febrero, a quienes las temperaturas bajo cero no les impidieron disfrutar del desfile de los campeones del último Super Bowl por las calles de Boston.

En Argentina, sin embargo, no pudieron disfrutar tampoco los hinchas de Boca (el último campeón del fútbol transandino) de una verdadera comunión con sus futbolistas, que apostaron por festejar el título logrado el 24 de junio con una cena privada del plantel.

Diferentes han sido los festejos de los grandes títulos internacionales conquistados por equipos chilenos, es decir, la Libertadores de Colo Colo, en el 91, y la Sudamericana de la U, en 2011, mucho más cercanos a los consignados anteriormente. En el caso de la gesta azul, de hecho, sí que se vio al plantel laico transitar por las avenidas de la capital a bordo de un bus descapotable. “Hay también un festejo de O’Higgins, en el 87, cuando sube del ascenso, que fue multitudinario en la Plaza de los Héroes. Y con presencia de los jugadores, que llegaron en bus. O cuando ganó su primer título en Primera, en 2013 con Eduardo Berizzo, que se hizo lo mismo, pero en general ahora se ha institucionalizado eso de las cenas sin presencia de los hinchas. Hay un sentido de seguridad, porque estas celebraciones son cada vez más trogloditas y terminan con incidentes. No hay que olvidar que cuando Colo Colo ganó la Libertadores en el 91 hubo 14 muertos a lo largo del país. Ese título costó 14 vidas”, añade Chomsky.

En la Copa América Centenario 2016, la ANFP obligó a la Roja a recorrer en bus las calles de Santiago, pero sólo consiguió convencer a ocho jugadores. Los hinchas celebraron solos. Como el domingo, cuando en la cena íntima de Colo Colo, el campeón se volvió a olvidar de sus aficionados.

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