El Deportivo

El Mono Gálvez

Los tres arqueros del Liceo Valentín Letelier, Recoleta, de principios de la década del 50, llegaron a primera división del fútbol chileno: Salvador Gálvez (Unión San Felipe), Miguel Nasur (Palestino) y Mario Ojeda (Magallanes).

“Con Nasur fuimos compañeros en el sexto humanidades Matemático, mientras que Ojeda estaba en el Humanista. Nasur se retiró ese año, porque ingresó de junior al Banco de Crédito e Inversiones”, cuenta Gálvez en su hogar de San Felipe.

Los tres coincidieron en la preselección chilena que se alistaba para el sudamericano Juvenil de Caracas 1954. “Nos dirigía Sergio Cruzat y en la Escuela de Carabineros, en la avenida Antonio Varas, entrenábamos con la selección adulta, contra Jorge Robledo, cuyos cabezazos parecían remates con el pie, René Meléndez, Atilio Cremaschi… Empecé de titular y el otro portero que quedó fue Espina, un flaco alto de Audax Italiano. En Venezuela fui elegido el mejor arquero del torneo”, recuerda.

Gálvez había llegado a Universidad de Chile a los 13 años, cuando practicaba en las canchas de tierra del Hospital San José y del Estadio Nacional. “Con Leonel Sánchez nos conocemos desde ese tiempo. Después de Caracas, me detectaron un problema en el corazón y estuve sin jugar. Al final, resultó que tenía corazón de deportista. Me fui a San Bernardo Central (1957 y 1958) y como me pagaban poco, también defendí al club amateur Independencia en el preliminar. Jugaba dos partidos seguidos”.

En búsqueda de mejor remuneración, Gálvez entrenó durante 15 días con Green Cross en Ñuñoa, pero no llegó a acuerdo económico. “Por eso no viajé al partido con Osorno por la Copa Chile 1961. El vuelo de regreso se hizo en dos aviones y uno se estrelló: no hubo sobrevivientes. El destino está escrito…”, reflexiona.

Salvador Segundo Gálvez Ramos nació el 15 de diciembre de 1935 (el próximo jueves cumplirá 81 años), en Santiago. Medía 1,70 metros y pesaba 62 kilos. “¿Cómo me las arreglaba en los centros? Siempre tuve timming, era tiempista para anticipar al delantero o calcular que el balón lo iba a sobrar”.

Hincha de Unión Española, admiraba a Hernán Fernández más que a Sergio Livingstone (“el Sapo era cachetón”), pero del que más aprendió fue del azul Mario Ibáñez. “Me gustaban su seriedad, ubicación, achique. Yo tenía el arco en mis cromosomas, por ejemplo, era muy difícil que un delantero me eludiera en el dribbling, porque me arrojaba con la mitad del cuerpo hacia su lado más hábil, y si él enganchaba la pelota, yo rechazaba con los pies. Eso lo saqué del barrio, tal como hicieron Vidal y Medel”.

Bautizado Mono de niño, Gálvez actuó en Unión San Felipe desde 1961 hasta 1973, con un intervalo en Santiago Wanderers (1970). Con los aconcagüinos dio la vuelta olímpica en primera división (1971) y los salvó del Ascenso, en los últimos encuentros como entrenador (1973).

Consultado por su partido inolvidable, Gálvez nos sorprende: “Una derrota por 7-2 ante Universidad Católica en el estadio Independencia (1964). Atajé muchísimo y en los goles me enfrentaron solo. Y mi peor actuación fue en un 7-0 contra Colo Colo en Ñuñoa (1964). Con decirle que hasta el Chita Cruz me anotó un gol de tiro libre… ¿8-1 con la U en Santa Laura (septiembre de 1966). La verdad es que no me acuerdo. ¿Y no me va a preguntar por mi récord mundial?”.

En junio de 1963, en San Felipe Gálvez detuvo tres penales en media hora frente a San Luis de Quillota: 6’ a Hernán Zamora; 38’ a Aurelio Valenzuela; entonces su compañero Felipe Bracamonte lo felicitó y tomó la pelota con la mano: nuevo penal y a los 39’ atajó a Sergio Velasco. En el segundo tiempo, Unión San Felipe goleó 4-0.