Marcelo Simonetti

Marcelo Simonetti

Escritor, periodista y guionista ocasional.

El Deportivo

El efecto Guerrero


La sonrisa en la cara de los peruanos aún no se borra del todo luego de que consiguieran derrotar a Nueva Zelanda en el repechaje y volver así, después de 36 años, a una Copa del Mundo. ¿Merecido? Por supuesto, en la recta final de las clasificatorias, Gareca encontró la fórmula para arremeter por los palos, sin que nadie se diera cuenta, y sacar la tarea adelante sin importar que sus dos últimos rivales fueran Argentina y Colombia.

Pero en estas semanas esa alegría se ha visto ensombrecida por una amenaza difícil de soslayar: la posibilidad de que Paolo Guerrero no pueda jugar la Copa del Mundo, en caso de comprobarse su responsabilidad en la ingesta de sustancias prohibidas detectada tras el empate que rescató la selección peruana en Buenos Aires.

Por lo pronto fue suspendido provisoriamente mientras la FIFA analiza las pruebas y los descargos para tomar una decisión final sobre su situación, lo que debería concretarse en el curso de esta semana.
En Perú, nadie ha permanecido ajeno a esto. Y así lo evidencia la edición sabatina del diario El Comercio, de Lima, en la que varios escritores le escriben a Guerrero a propósito del trance que vive.
“Has cometido errores, como todos: expulsiones tontas, tomatodos lanzados a hinchas inconformes y lenguaraces. Pero aprendiste a ser mejor y por eso estamos en un Mundial. Tú, el único capitán de la selección con el título de héroe junto a Héctor Chumpitaz, no mereces perdértelo. De una u otra forma, ahí estarás”, escribe el narrador José Carlos Yrigoyen.

“Transforma la ansiedad en ilusión. No nos escucharás, y quizá sea mejor que no lo hagas, pero debes saber que detrás de ti estaremos millones”, apunta el columnista Jerónimo Pimentel.

Mientras que Renato Cisneros, periodista y escritor, sale al paso de algunas críticas que se levantaron contra la posible responsabilidad del propio Guerrero en esta situación: “Nunca, ni ahora, has dejado de rendirle tributo a tu apellido. El mismo país que eligió dos veces a Alan García y dos veces puso a Keiko en la segunda vuelta no puede, no debe, no tiene cara ni cuajo para juzgarte”.

Sobra decir que el fútbol debe ser uno de los fenómenos sociales de mayor penetración e identificación, sobre todo cuando un equipo asume la representatividad de un país entero. Los futbolistas se convierten en símbolos que van mucho más allá de un individuo corriendo detrás de una pelota, lo mismo que un remate al arco -o la posibilidad de que una pelota cruce la línea de gol- adquiere dimensiones sociológicas impensadas.

En esta lógica, la presencia de Paolo Guerrero en la Copa del Mundo resulta para los peruanos un hecho determinante no sólo para la suerte futbolística del plantel que dirige Gareca. Como bien lo apunta el poeta y novelista Jorge Eslava en las mismas páginas de El Comercio, cada vez que Guerrero salta a la cancha lo hace en representación de mucha gente, pero sobre todo de aquellos niños que viven en los tugurios de Lima la horrible, en su mayoría mestizos, mal nutridos, que ven en el fútbol una manera de torcerle al pescuezo a la pobreza. “Recuerda que juegas más por ellos, Paolo, por una multitud hambrienta y marginada del país. Por millones que carecen de educación y persiguen en su ceguera un ejemplo moral”, escribe Eslava.

Pase lo que pase con la deliberación de la FIFA, me ilusiona ver lo que puede hacer la selección peruana en su regreso a los mundiales, pero más me seduce aquello que puede hacer Guerrero enfrentado a este desafío; ser testigo de cómo se las arregla para encarar a la defensa más perfecta llevando en sus hombros a todos esos niños que buscan vencer en uno de los partidos más difíciles de la vida, ése que enfrentan a diario contra la pobreza.

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