El Deportivo

El cañón olvidado

Antes, todos los entrenamientos finalizaban con remates al arquero desde afuera del área. En Magallanes, cuando disparaba el zurdo Fernando Toro, el portero Mario Ojeda se agachaba y dejaba pasar la pelota mientras le decía: “¡Yo tengo que jugar el domingo!”.
Fernando Antonio Toro Uría nació el 18 de febrero de 1945 (cumplió 71 años), en Santiago, medía 1,87 metro, pesaba 72 kilos y calzaba 43. Se crió al lado de la cancha del Deportivo Germania, en las calles Pedro Mira y San Francisco, y a los 10 años con su hermano Eduardo, dos años mayor, competía de arco a arco a pata pelá. La primera vez que usó zapatillas, le duraron un par de chutes y se desarmaron.
“Siempre que se habla de los últimos cañoneros del fútbol chileno se menciona a Leonel Sánchez, el Pata Bendita Osvaldo Castro, Juan Carlos Orellana y el Mortero Jorge Aravena. Se olvidan de mí y conozco mucha gente que señala que yo le pegaba más fuerte al balón que ellos. Con las pelotas y los botines actuales, seríamos millonarios… Una curiosidad, los cinco éramos ñurdos (zurdos)”, dice Toro.
Integró la selección juvenil de San Miguel que participó en el Nacional de Cadetes en Arica, en el verano de 1963. Fue campeón Santiago, donde jugaban Leopoldo Vallejos, Juan Rodríguez, Gustavo Laube, Gustavo Cortés, Guillermo Páez…
Toro actuó en Magallanes (1963 a 1965), Colo Colo (1966 y 1967), Green Cross de Temuco (1968) y San Antonio Portuario (1969).
“Era hincha de Everton y admiraba a René Meléndez; nada que ver con mis características. Siempre jugué de zaguero central, entonces con el 3 y el 5 en la espalda. A los entrenadores les gustaba que alejara el peligro con mis despejes largos. Nadie me enseñó a darle al balón ni a acomodar el pie de apoyo. Le pegaba a lo bruto simplemente, una vez le fracturé un par de costillas a Luis Gardella, arquero de Coquimbo Unido”.
En un partido contra Colo Colo, a los espectadores les llamó la atención que Toro ejecutara un tiro libre desde el círculo central hacia el arco de Efraín Santander. Poco después, ante Palestino, “desde la mitad de la cancha estrellé un remate en el travesaño de Juan Carlos Moreno, un arquero argentino muy bueno”.
Pasó a Colo Colo como volante de contención, con el 6 en la espalda, y los albos se clasificaron a la Copa Libertadores 1967 que desde el año anterior incluía a los vicecampeones. “En el partido con Nacional, los uruguayos salieron a pegarle a Chamaco Valdés y lo lesionaron, entré por él a la media hora (38’). En una jugada llegué cerca del banderín del córner y barrí al Cococho Álvarez, un zaguero central enorme que tenía las rodillas hacia adentro. La gente me aclamó. Después choqué contra Montero Castillo. Es mi partido inolvidable”.
En esa Copa, Universidad Católica había derrotado 5-2 a Colo Colo, pero en el desquite el Cacique ganó 4-2. Esa noche se produjo un apagón por una tormenta de lluvia y el partido estuvo suspendido un buen rato. Al reanudar, hubo un tiro libre a unos 40 metros del arco norte en el Estadio Nacional. Leopoldo Vallejos puso una barrera con tres jugadores en un lado (Washington Villarroel, Víctor Adriazola y Juan Barrales), un espacio en el centro para observar la pelota y otros tres en el otro lado (Néstor Isella, Gustavo Laube e Ignacio Prieto). “Los tiros libres los lanzaba Chamaco Valdés, pero él me dijo que pateara yo y que lo hiciera por el medio. Le pegué duro a la pelota, que partió sin elevarse, picó en el área chica y fue el tercer gol. Todavía me lo recuerdan”.