Marcelo Simonetti

Marcelo Simonetti

Escritor, periodista y guionista ocasional.

El Deportivo

Discriminación


El último número de la revista De Cabeza -www.decabeza.cl- está dedicado al fútbol gay. A lo largo de varios artículos, la revista hace una radiografía de la relación del mundo del fútbol con el universo homosexual. Fundado dentro de una lógica machista, el fútbol siempre ha sido un territorio rígido y poco abierto a los cambios sociales, sobre todo en Chile, al punto que si ya resultó complicado aceptar que la mujer lo practicara -una aceptación bastante particular, con cuentagotas: basta ver lo que ocurrió con la posibilidad de que Paula Navarro pudiera hacerse cargo del primer equipo de Santiago Morning-, la aceptación de que los homosexuales compartan un camarín que -cuando menos en apariencia- siempre ha sido territorio de los heterosexuales, parece ser una cuestión que tomará bastante tiempo para convertirse en realidad.

Como fuere, en el mundo no son pocos los futbolistas que han asumido su condición de homosexuales, haciéndose cargo -con convicción y valentía- de todos los problemas que eso conlleva. Sin ir más lejos, la revista De Cabeza hace un perfil del delantero inglés Justin Fashanu, quien brilló en los ochenta jugando en el fútbol británico -en clubes como Norwich City, Nottingham Forest, Notts County, Southampton, entre otros.

Fashanu debió enfrentar en los últimos días una acusación por abuso sexual de la que siempre se declaró inocente. Poco antes de suicidarse escribió una carta en la que se podía leer: “Me he dado cuenta de que he sido condenado como culpable. No quiero ser más una vergüenza para mis amigos y familia. Espero que el Jesús que amo me dé la bienvenida y, finalmente, encuentre la paz”. Pocos días después de que encontraran su cuerpo sin vida colgando de una soga, fue liberado de todos los cargos en su contra. Tenía apenas 37 años.

Así como Justin Fashanu, no son pocos los futbolistas que han asumido abiertamente su condición de homosexuales. Pero la realidad europea no tiene comparación alguna con lo que ocurre en otras áreas del planeta. Chile, por ejemplo, es un país en el que, a pesar de haber dado pasos importantes como sociedad en esta materia, en el fútbol sigue siendo un tema tabú.

De algún modo, hay un estatus algo cavernario en el que caen dirigentes, futbolistas e hinchas, que se visualiza tanto en la verbalización homofóbica que se advierte en los estadios como en la falta de espacios de integración e inclusión que el fútbol prodiga respecto de otras minorías. Por momentos, el fútbol ofrece lo peor de lo nuestro como país y prueba de ello son las sanciones que recibimos de parte de la FIFA por cantos xenófobos en las últimas clasificatorias mundialistas.

Por fortuna, algunos hinchas, sobre todo mujeres, se han organizado al interior de las barras de los equipos de mayor convocatoria, para tratar de erradicar los cánticos sexistas tan propios de algunas hinchadas. No la tendrán fácil, pero es un primer paso importantísimo. En Europa, hace rato que entendieron que el fútbol es más que un juego. Los clubes -con sus dirigentes, futbolistas e hinchadas- han tomado conciencia de su rol y se han convertido en agentes del cambio social.

Ojalá que en Chile se avance en esa misma dirección. Que los dirigentes entiendan que no sólo deben ocuparse de generar dinero, que los futbolistas no solo se ocupen de correr detrás de la pelota y que las hinchadas no solo vivan la pasión saltando en las gradas. Es hora de que nuestro fútbol salga de las cavernas y se haga cargo de su importante penetración social. En la lucha por una sociedad más inclusiva y menos discriminadora, la pelotita y los que viven en torno a ella tienen mucho que decir.

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