Marcelo Simonetti

Marcelo Simonetti

Escritor, periodista y guionista ocasional.


Suele no ser habitual y, quizá, por ahí está la gracia, el sabor distinto, inolvidable, casi una cicatriz, pero de las buenas. Este sábado, Wanderers conquistó un nuevo título que lucir en sus vitrinas, la tercera vez en ganar una Copa Chile -para recordar las otras dos había que tener buena memoria: 1959 y 1961-, motivo de sobra para los abrazos y el carnaval.

Fue una celebración extraña. El equipo ganó en Concepción, lejos del puerto principal. Los que no viajaron a la Octava Región siguieron el partido a distancia. O lo vieron en televisión o lo escucharon por radio. De seguro el Roma -ese bar que está a un par de pasos del estadio Elías Figueroa y que tiene su corazón comprometido con Valparaíso y los verdes- estaba lleno y los brindis -a punta de cervezas o vino- se repitieron hasta bien entrada la noche.

El resto de los porteños vivió la obtención de la copa a puertas cerradas, en sus casas, estirando la sobremesa sabatina. Felices e incrédulos, habría que decir, porque en la previa pocos eran los que apostaban por Wanderers. De cara a la final, el presente de la U claramente era más promisorio que el de los caturros. Los de Hoyos son candidatos al título del campeonato; los de Córdova, aunque clasificaron a la Copa Libertadores, luchan por no descender. Si me permiten la metáfora se enfrentaba un atleta en la plenitud de su forma y un enfermo terminal. Y sin embargo…

Tal vez, Wanderers terminará reaccionando tardíamente en el campeonato y, por ahí, no le alcance para asegurar su permanencia en la División de Honor. Ojalá que no sea así. Ahondar en esto sería mera especulación. Pero del modo en que jugó ante la U -sobre todo considerando los pergaminos del rival- es un equipo que no está para andar sufriendo y prendiendo velitas al santo de turno para evitar una debacle al final de la temporada. El rigor en la ejecución del planteo táctico, el sacrificio como consigna, la eficiencia ofensiva y la concentración para aprovechar los errores del rival son argumentos que de haberlos esgrimido con la solvencia del sábado hoy estarían en una situación muy distinta.

No tengo una bola de cristal para saber qué va a ocurrir en las tres fechas que quedan. Tampoco es posible saber si los jugadores de este plantel serán recordados, en dos o tres décadas, con la pompa y circunstancia que se recuerdan los nombres de quienes obtuvieron las copas anteriores -pienso en Juan Olivares, Raúl Sánchez, Hugo Berly, Armando Tobar, Jesús Picó, Guillermo Díaz, por nombrar algunos-. Lo que sí sé es que si repiten lo hecho el sábado, si vuelven al rigor táctico y al sacrificio como consigna, en Valparaíso podrán volver a celebrar, porque de seguro el próximo año seguirán en la categoría, con una serie de desafíos renovadores, como jugar Copa Libertadores.

Nada resulta fácil para los porteños -ya la geografía les impone ciertos desafíos para el quehacer diario-. Se han acostumbrado al esfuerzo de manera natural. También a estas alegrías impensadas que los obligan a no dejar de soñar.

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