Fernando Solabarrieta

Fernando Solabarrieta

Periodista y panelista de El Deportivo.

El Deportivo

Así de tontos


Merecido, elegante y oportuno. El premio con el que la FIFA premia al mejor futbolista de la temporada se desarrolló en medio de la elegancia y extraordinaria organización que se requiere. Estuvieron todas las grandes estrellas porque entienden que esto es parte de su trabajo. Y que, por tanto, estar ahí, aunque no ganen, es parte de sus obligaciones.

Neymar, Messi y Cristiano, el vencedor, fueron acompañados por leyendas como Maradona o Ronaldo, el fenómeno. Nadie se restó, porque, inteligentes, saben que estar ahí les conviene. Piensan más allá de la cancha y por eso son lo que son. Además de grandiosos futbolistas, inmensas máquinas de marketing, monstruosas fábricas de producir dinero por sí mismos.

En una lamentable coincidencia, por estos mismos días se entregó en Chile el Premio Nacional del Deporte que, aunque no lo crea, distingue en octubre de 2017 al mejor del año 2016. Increíble, vergonzoso, absurdo. Con un leve retraso de 10 meses se premia a nuestro mejor deportista del año anterior.

Es importante señalar que esto no ocurre en el premio nacional de arte, el de ciencia o cualquier otro, porque éstos si son entregados oportunamente, como corresponde. Esta situación impresentable y casi ridícula viene a recordar la miseria y el triste espectáculo de nuestras premiaciones a deportistas, donde la mayoría de las veces, sobre todo en el caso de futbolistas, no aparecen a recibir sus distinciones. A la celebración por el título de la Copa América, sólo ocho jugadores se subieron al bus y al Nacional. ¿Se acuerdan?

Es muy común ver ceremonias en las que sube al escenario el cuñado del tío de la hermana del papá del jugador. Una falta de respeto hacia el premio y hacia ellos mismos. Fundamentalmente porque en la mayoría de los casos no fueron simplemente porque les dio lata. Así de pencas. Así de maleducados. Así de tontos.

Porque ni siquiera se dan cuenta que ése no es sólo un momento único en sus vidas, sino un buen instrumento para seguir potenciando sus carreras. Por eso escribo desde la rabia y la envidia que genera una espectacular premiación internacional comparada con las que se hacen en Chile.

Ahora bien, hay algo que no fue diferente; el merecimiento. Cristiano regaló una muestra de que los verdaderamente grandes no se cansan de buscar la gloria por más que la hayan gozado en abundancia, igual que nuestro Pablo Quintanilla, quien no se conformó con un podio y su primer Mundial y ganó otro. Es la historia de los mejores, la que pueden contar Cristiano y Pablo. En dos veredas distintas y con diferente trascendencia, pero un denominador común: fueron los mejores y tuvieron la grandeza de regalarse ese espacio de homenaje para sí mismos y por siempre.

Algo que los nuestros no pueden decir muy a menudo y que con seguridad, ya viejos y arrepentidos, deberán preguntarle al cuñado del tío de la hermana del papá cómo fue el día en que ellos fueron los mejores.

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