Anderson pasa la ola del machismo

En inédito hecho, la chilena de 26 años se inscribió en la historia del Ceremonial de Pichilemu al ser la primera mujer en disputarlo. Honrada del logro, rememora su vida sobre la tabla y enjuicia un deporte que califica de sexista.

La morena surfista Jessica Anderson (26) camina por un trayecto de tierra en la zona de Punta de Lobos en Pichilemu y un par de colegas la saludan y felicitan. Con una sonrisa, que todavía tiene rastros blancos de bloqueador, responde con amabilidad y carisma. Se acaba de convertir en la primera mujer en la historia del Ceremonial de surf en competir. No pudo clasificar a la semifinal, pero está conforme con su rendimiento. “Me sentí tranquila. La verdad es que esperaba estar más nerviosa y ansiosa, pero me lo tomé todo con mucha calma. Me dio pena que no haya podido agarrar ninguna ola para que la gente viera lo que realmente puedo hacer. No fue mi día. Gracias a Dios no me pasó nada, porque en la misma ola que me iba a tirar, un compañero se sacó el hombro”, comenta sentada en un banco de madera.

Anderson toma respiro, clava su mirada en el mar y explica sus sensaciones de lo conseguido. “Es un honor. Cuando me llamaron para invitarme fue como ‘no lo puedo creer’. Me siento realmente honrada”. Su vida, sin embargo, comenzó muy lejos de Pichilemu, a miles de kilómetros.

Los primeros ocho meses de vida la ligan a Estados Unidos. Sus padres norteamericanos tienen a flor de piel su pasión por el mar y gracias a ellos, Anderson forjó su estilo de vida. Ambos son salvavidas y surfistas. Pero también tienen un lado B: el de la religión. “Vinieron a hacer trabajos de misiones y evangélicos a Chile en el año 1986. Primero llegaron a Santiago y como los dos eran surfistas en la onda playera, se escapaban a Pichilemu los fines de semana. Se enamoraron de este lugar y abrieron una sede de su organización evangélica en la zona. Nací en California, pero fui criada acá”. Y sin pensarlo dos veces, entrega atisbos de su comida favorita criolla: “Un cordero al palo”, cuenta entre risas, después de haber dicho otros platos chilenos como porotos con riendas o humitas.

Su amor por el agua llegó después de perderle el miedo al mar. Al principio, le aterraba y respetaba. Hoy se sube a una tabla como si estuviese en una piscina. “Aquí el mar es salvaje, es muy potente. Te intimida y cuando chica le tenía mucho miedo. A los 13 años me compré una tabla corta. Me encantó y me tiraba mucho con olas de tamaño”, cuenta mientras otros chicos se le acercan a felicitarla por lo realizado en Punta de Lobos.

Mientras comenzaba a domar sus primeras olas, el colegio se le presentaba como obstáculo, pero tal como se sobrepuso al terror del mar, saltó la barrera. “Mi mamá era estricta, el estudio era algo que tenía que hacer. Pero te cuento algo: nunca he ido un solo día al colegio (se ríe). Enviaba exámenes libres al colegio Alpha & Omega Christian School de Estados Unidos. Como eran otros tiempos, a través de Correos Chile mandaba las pruebas. Se demoraba harto, pero con el avance de la tecnología ya comencé a usar internet. De esta forma tenía tiempo para estar en el agua y competir en los nacionales”, dice y agrega: “Mi papá era el que desordenaba la casa, porque mi mamá incluso nos tenía una salita donde teníamos que estudiar. No era de las mejores notas, pero había años que me iba bien, otros mal”, narra sin dejar de sonreír ningún instante.

La cinco veces campeona nacional, disfruta de subirse a una tabla. “Es una sensación de felicidad. Un remedio”, expresa con alegría. La actitud cambia, no obstante, cuando se trata del momento más difícil que ha debido combatir en esta pasión. Fue hace tres años cuando un accidente la dejó sin poder entrar al mar por un mes. “Choqué mi cara contra una roca en Puerto Fino. Me quebré la nariz, los dientes y en la boca tuve puntos (indica los tres dientes que se rompió). Ahora tengo implantes”, cuenta. Del accidente, sacó lecciones: “Aprendí que nunca me puedo relajar, porque ese día entré al agua más tranquila, ya que estaba muy calmado el mar”.

Si hay algo que pone de mal genio a Anderson son los prejuicios que existen en el surf. La disciplina a nivel femenino aumenta cada año el número de competidoras, pero lejos de compararse con los hombres. En el mar pareciera que mandan ellos y, en sus inicios, se lo hicieron sentir. “Cuando comencé en esto, éramos muy pocas mujeres, pero pocas en verdad. Casi siempre soy la única mujer que está en el agua cuando hay olas grandes. Sigue siendo un tema que es súper masculino. A veces por ser mujer, no te tienen ninguna fe. Sólo por ser mujer te juzgan que no sabes surfear, pero después de que te subes a la ola, les cambia la opinión”, relata.

Anderson mueve las piernas, manos y sonríe en cada respuesta. Después de charlar 25 minutos, narra su sueño. Aquel por el que lucha día a día. “Me encantaría ponerme el mejor tuvo de mi vida. Lanzarme en la ola más grande de Punta de Lobos, pero realmente quiero clasificar a las Olimpiadas de Tokio”, lanza desafiante.

Tras la conversación, Anderson se pone de pie y regresa por el mismo camino de tierra donde fue felicitada por colegas. Y otra vez ocurre lo mismo: “Qué bien que estuviste”, dice uno de los semifinalistas. Ella sonríe y le golpea la tabla en señal de ánimo para la competencia: “Con fuerza. Vamos”.

La rider sigue su camino, ese que siempre estará ligado a una ola. En Pichilemu, Anderson entró en la historia del surf chileno.

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